3 de julio de 2009

Eligió sus mejores prendas: la falda azul, la camisa blanca, sus tacones preferidos y ese pañuelo rojo le parecieron perfectos.
Se detuvo frente al espejo. Acomodó cada uno de sus mechones rubios platinados. Colocó un poco de rubor en sus pálidas mejillas. Delineó suave y cuidadosamente aquellos ojos color miel.
Caminó algunos pasos hasta llegar a la puerta, agarro la cartera y salió de su departamento. Bajó los cinco pisos que la separaban de la vereda y comenzó a recorrer las siete cuadras que la alejaban del lugar pactado.
Llegó a aquel bar
de nombre extraño, decidió sentarse en la barra de adentro, pedir un jugo de naranja y esperarlo.
Habían pasado cerca de dos horas y unos seis jugos de naranja y nada pasaba. Ella esperó, esperó y esperó. Él nunca, nunca, nunca llegó.
Resignada eligió volver a su departamento. Apenas cruzó la puerta comenzó a llorar, sin nada que la detenga. Agarró su teléfono y marcó.

Una voz femenina contestó a su llamada. Su llanto se triplicó. Derramó lágrimas hasta quedarse completamente dormida. Otra vez lo mismo.

Yamila A. González

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